Al mal tiempo, buena cama

Just another WordPress.com site

Así nació el “rack”

Esta imagen la tomé del Facebook, originalmente posteada por Santiago Sarceda. De izquierda a derecha: Charly, Fito, Calamaro, Spinetta (con los brazos en alto), León Gieco y, según leí por ahí, el periodista especializado Victor Pintos.

Desconozco si habrá sido importante para “El flaco”, que murió hoy y de quien solo conozco algunas canciones de sus discos maravillosos, pero creo que es un lujazo de foto por lo que representa para el rock argentino y la música en general.

Y quise compartirla por esta vía. Salud.

Anuncios

Supongamos que somos dos pequeños burgueses

Por Leo Felipe Campos

Reduzcamos el potencial número de lectores para el disparate que voy a escribir a continuación. Supongamos primero que vives en Caracas. No, comencemos de nuevo. Supongamos que visitas Caracas. Eso. Supongamos que estás de paseo, porque es una nota ser turista en una ciudad como esa. Como esta. En una noche tan linda.

De modo que si no te ves como un posible viajero a la capital de Venezuela, o crees que ya la conoces suficiente como para venir ahora a querer revisitarla, o que no te interesa hacer un ejercicio tan infantil de imaginación porque tienes cosas muy importantes que hacer, como tomar un autobús, enviar dos “pines” y tres correos, sacar unas copias, cobrar un cheque o cortarte el pelo, gracias por este minuto de intensa lectura.

Sigo contigo, que estás ahí, procesando el mal chiste.

Supongamos que acabas de tomar un autobús que tardó cinco minutos en pasar y que te sentaste con cara de musiú y que el colector, atento y didáctico, en medio del tráfico pesado y de las personas que subían y bajaban de la unidad, cuando te vio más perdido que un yesquero prestado, te explicó cómo llegar al lugar donde querías ir. Y que tampoco fue que llegaste, pero te gustó la idea de perderte un poco entre la gente que caminaba, manejaba sus bicicletas, trotaba y rodaba en sus carros.

Supongamos que de repente, en esta visita encantadora, no deslumbrante pero sí agradable, mientras caminabas por una acera y hasta te cedían el paso un par de veces sin que lo pidieras, te provocó comprarle algo a tus sobrinos, porque ya tienes cierta edad y tus hermanos o tus mejores amigos no quisieron confiar en el sexo seguro y ahora a ti te sale, a cuenta del cariño y de ese blandito corazón que llega con la temprana madurez, pensar en ellos y en la sonrisa de treinta segundos que ponen cuando abren el regalo que olvidarán con la cotufa, el Bolibomba o los “tosticos” del reencuentro.

¿Que no tienes sobrinos? Ah, bueno. Entonces vete, si quieres. No sigas leyendo porque este nicho se va cerrando.

Por ejemplo, supón que desde el autobús vas con tu hijo, o con tu hija, que tiene dos, tres, cuatro años. O cinco. Digamos que hasta seis para que no se me acuse de sectario, de miope (de miope yo sé que me van a acusar, ya verán), o de ombliguista.

¿Ya supusiste eso? ¿Lo imaginaste? ¿Y sigues ahí? Ok.

Supongamos ahora que entras a la tienda, una tienda normal: el mismo aire acondicionado a 21 grados, las mismas repisas de colores que te has cansado de ver de tanta paternidad, los mismos ganchos de plástico, pequeños. Los mismos diseñitos cool, la misma sonrisa de la vendedora que quiere que le compres hasta el sano crecimiento…

Tu hijo, como siempre, quiere algo, lo pide, o lo agarra sin pedirlo. Grita, o corre, o se chupa el dedo. Pero tú ya estás acostumbrado y sabes que debes poner cara de Lex Luthor mostrando su mal genio. Cara de Bush. Cara de Chávez. Cara de Putin. Lo que prefieras imaginar para entender mejor lo que quiero que imagines. Bien, lo haces y de repente notas que esta tienda, en Caracas, esta tienda que, supongamos, es pequeña, tiene un espacio para el juego de los chamos ¡Bingo! Pero no es nada del otro mundo, apenas una piscina de pelotas, una escalera con gomaespuma y un laberinto de obstáculos simples. Eso sí, un espacio que te da tiempo para escoger algo mientras eliminas a uno de tus enemigos, el más pequeño en tamaño, pero el más temible. El otro enemigo, la vendedora, nunca va a desaparecer del todo. Como esta vez estamos en Caracas, ella mantendrá con naturalidad su sonrisa y además mostrará paciencia y un gusto enorme por hacer su trabajo.

De modo que allí estás, contento, o al menos tranquilo. Sobrino uno, listo: franela de dinosaurio y bermuda que le combina. Sobrina dos, lista, un conjunto sencillo y muy colorido, además en oferta. Ahijada uno, listo: un vestido fresco y corto, muy coqueto, de esos que le encantan a las madres y ponen a los padres a viajar al futuro, no sin cierta preocupación.

Tu retoño sigue jugando, se ríe mientras otra de las trabajadoras de la tienda está pendiente de que no se parta un diente, esa otra vendedora no sabe que tú estás de paseo, turisteando, pero tú sí, no puedes evitar pensar en eso y agradecerle en silencio; reflexionar y decir: qué linda es esta ciudad. Ay, bulevar de Catia. Ay, Sabana Grande. Ay, Sambil. Ay, El Cementerio. Ay, San Ignacio de mis amores, Tolón, Milenium, Líder y Galerías Ávila. Esta tienda no está en un Mall. Nuestra imaginación puede llegar a ser inmensa, iremos de este lugar a un café y veremos árboles y motos y gente caminando en las aceras sin dejar de ver el cielo.

Pero ahora viene una parte dura de la historia; de lo contrario no nos van a creer o se van a aburrir: sales del lugar sin bolsas de regalo y con un puchero, porque la tarjeta de crédito del banco de tu país no funcionó en ninguno de los puntos de venta de esa pequeña tienda de ropa para niños de Caracas ¿Vieron que soy perverso? Como Lex Luthor. Como Chávez. Como Putin. Como Bush. Odio a la clase media.

Igual hay que decir que la atención de las mujeres de la tienda fue de maravilla. Incluso después de ver que tu tarjeta rebotaba, sugirieron algunas posibles soluciones en otras tiendas y le regalaron unas golosinas a tu hijo. Así es Caracas.

Media hora después, frente a un café que ofrece bebidas a base de mate frío y diagonal a un supermercado que vende al menos veinte tipos distintos de cervezas, el hombre que despacha tras la caja registradora donde te comiste solamente un pan y le diste a tu hijo (dos, tres, cuatro, cinco o seis años) una bebida achocolatada, te dice que no estás tan lejos de la casa de cambio del mall, pero que ya debe haber cerrado y que si deseas convertir algunos de tus dólares te queda más cerca el hotel equis. Cinco estrellas. A unas ocho cuadras. No te ofrece cambiártelos él por una suma módica. No te ve de arriba a abajo. No saliva. No llama a nadie para tratar de hacer un negocio rápido, de resolverse. Y entra al Google map desde la computadora de la caja registradora, voltea la máquina y te la muestra, te anota la dirección en un papel, te indica por dónde caminar y te desea suerte. Suerte para cambiar tus dólares, porque en Caracas, supongamos, no hay control cambiario. Eso es en tu país.

De ahí en adelante caminas y caminas y no consigues cambiar los dólares porque el hotel no ofrece ese servicio, pero resulta que uno de los taxistas del lugar, al oírte conversar con ese botones amable, caraqueño típico, quizá por verte sudado y con un niño en brazos, se apiada de ti y se ofrece a llevarte, en principio sin cobrarte, hasta otro hotel que sí tiene cambio de monedas y que está más o menos cerca. Obvio, si está abierto y logras cambiar, le pagas la carrera, y si no, pues te jodiste. No le pagas y no hay problema, pero en adelante sigues por tu cuenta. Caracas tampoco es perfecta.

Este ejercicio de imaginación puede seguir hasta triplicar su extensión, pero me parece innecesario.

Me parece innecesario hablar de los parques infantiles multiplicados que he visto en otras ciudades y donde se abandonan juguetes y carteras sin taquicardia; de las rumbas que comienzan a cualquier hora y sin paranoia; de los eventos culturales que se propagan como virus inofensivos y los cafés y los bares que siempre llegan a las vías peatonales, sin pretensiones ni falsos lujos; me parece inútil, o cuando menos redundante, hablar de las bibliotecas y los museos que quiero que inventes en tu cabeza para esta ciudad con futuro y alegría.

A estas alturas, siendo visitante, peatón, padre, tío y con una sola tarjeta de crédito, Banco de Venezuela, 5 mil bolívares de límite mensual, apenas debemos quedar tú y yo imaginando, apenas tú y yo, solos tú y yo y más nadie, empezando a comprender que la clave para el aprendizaje, el crecimiento, el desarrollo y el bienestar no está en el número de ofertas de productos y servicios que tenga ese lugar que deseamos, ni en el número diario de barriles de petróleo que logremos vender. No está en los discursos vacíos y polarizantes que le sirven al poder de los poderosos, pero no al poder inefectivo de los pobres; no está en las batallas ideológicas bizantinas y bastardas del siglo XX, ni en la elección de los próximos gobernantes. Está en el respeto. Está en reconocer que el otro, ese que no es como tú, ni sabe lo que sabes tú, que a lo mejor detesta lo que a ti te gusta, puede que no vaya a ser tu amigo, pero existe. Y su vida es digna, o debería serlo. Está en nuestra moralidad, sin la cual estaríamos perdidos, la tuya y la mía como habitantes orgullosos, naturales y sensibles, para colaborar con el otro, salir de la pobreza y alcanzar una verdadera libertad, la libertad de espíritu.

Yo no sé, a ciencia cierta, si tú y yo estamos lejos de alcanzar ese nivel de consideración general por el otro, el desconocido o el distinto; pero creo que sí; y pienso que esta ofensiva electoral que se viene en 2012, a cambio de dividir y vencer, nos pondrá más cerca del odio que del amor.

Como sea, no te preocupes, se trata solamente de un ejercicio de imaginación.

Comparaciones al vuelo

Por Leo Felipe Campos

Las comparaciones son odiosas, dicen. Claro, sobre todo cuando tienes, escoges o te toca la opción más débil, la menos atractiva; cuando te llevas la peor parte. Recorrí la autopista que comunica Porto Alegre, al sur de Brasil, con el litoral de la ciudad, más de 100 kilómetros, dos veces, y fue inevitable para mí tratar de comprender por qué no vi un solo hueco de los que se repiten de forma sistemática en las vías del oriente, el centro y el occidente de Venezuela.

Sé que puede ser de pésimo gusto salir de tu país, donde vives y quieres vivir mejor, para publicar sus deficiencias y problemas palpables, nunca se ha visto que alguien mejore la relación con su pareja hablándole mal de ella al amante. Y aclaro de antemano que no me siento como algunos antichavistas radicales que creen que por hablar mal de Venezuela lograrán reducir la popularidad del presidente, ni como aquellos seguidores de Chávez que piensan que hablar mal del comandante o su proyecto político, militar y personalista es ser, cuando menos, un apátrida. Pero las cosas como son: Venezuela no es mi mujer, es mi país. Y de paso comparto aquel viejo proverbio que estuvo tan de moda un tiempo atrás: el que tenga ojos, que vea.

Si dijera que el gobierno de mi país no ha sabido diversificar su energía y en cambio ha padecido una temible crisis eléctrica, mientras que en el sur de Brasil han logrado aprovechar las oportunidades para instalar el parque eólico más grande de América Latina, le estaría tendiendo una trampa al lector desprevenido. Osorio, a medio camino entre Porto Alegre y su litoral de aguas frías del Atlántico, al margen de esa carretera envidiable de la que hablo, posee los mejores vientos del continente, de modo que sería injusta una comparación en este caso. En esa zona de molinos blancos supieron obtener el máximo provecho de unas condiciones favorables para generar una fuente alternativa de energía limpia y renovable, clave para la economía de este siglo que corre con más preguntas que certezas, pero ese viento de Rio Grande do Sul es algo que nosotros no tenemos en Venezuela. Nosotros, en cambio, tenemos… ¿Qué tenemos? Exacto.

Nosotros, que tenemos petróleo para regalar (perdonen, a veces me pongo literal) y el lago de asfalto más extenso del mundo en el estado Sucre (uno con las peores carreteras como jamás volverán a ver estos ojitos verdes que se ha de comer la tierra), no hemos podido explotar ese recurso como es debido para bien de la población.

Nos hemos acostumbrado a los pasajes baratos del autobús, a llenar el tanque de gasolina con el vuelto del helado, y a rodar por vías que atentan contra el bienestar de los riñones. No importa quién sea el responsable, siempre habrá una excusa: las lluvias, la falta de material, la empresa privada, las gandolas. Imagino que una vez que formas partes del gobierno, nacional o regional, con los escoltas llegan los choferes, los amortiguadores, y después el desdén y el olvido. No se pueden trivializar todas las dificultades mundanas y domésticas, porque así dejaríamos sin sentido el desarrollo de una mejor vida y eso que llaman la libertad de nuestro espíritu. Pero no seamos ingenuos: ¿quién piensa, en realidad, que las vías de comunicación entre nuestros poblados, por más petróleo que tengamos, es una prioridad nacional, salvo para camioneros y habitantes de esos linderos?

Sé que hay problemas fundacionales y otros fundamentales, la mayoría de ellos estructurales y algunos mucho más graves, como la criminalidad, la impunidad (tráfico de armas incluido), la inflación y la corrupción. También sé que cada país tiene los suyos y que en otros aspectos somos dominantes y privilegiados (si creen que no, pensemos por un segundo en el queso guayanés, en las dimensiones y el precio de esa botella maravillosa que mientan “Patelefante”, en los tepuyes, el Ávila y los pepitos mixtos de pollo, carne y chuleta, por ejemplo, todos imprescindibles para el desarrollo, el orgullo y la felicidad de nuestra nación) pero en medio de una vía sin huecos y con radares para el rastreo digital de la velocidad, con un límite máximo de 120 Km/h y peajes nada solidarios, que al parecer sí funcionan, en el sur de un país como Brasil, no pude evitar volver una y otra vez a hacerme la pregunta de las diez mil lochas, haciendo otra comparación, a todas luces injusta:

Si en Venezuela logramos masificar la violencia, la superficialidad y el consumo, creando y reafirmando un concepto pasteurizado y artificial del poder, la belleza y el hedonismo, ¿cómo es que ni siquiera hablando de revolución hemos sabido aprovechar el petróleo para generar los recursos más obvios, que le sirvan a toda la población, o al menos a la gran mayoría de ella?