No hay chavista malo

No es que esté un poco lejos de ser un revolucionario, es más simple: no lo soy. Y voy más lejos, a esta edad, con estas rodillas, estas canas y esta barriga de caricatura, no lo seré nunca. Tampoco me importan la salvación de las tortugas, los delfines, los pandas o los osos frontinos, en caso de que todavía existan. La lucha de los ecologistas por su cuidado y preservación –dedicación, dolor y fe por delante– puede ser una causa justa y maravillosa, pero es, para mí, como la halterofilia, la santería, la pesca submarina, el boxeo patada o la filatelia, no tengo ningún tipo de contacto con eso y poco me interesa. Lo mismo me pasa con los ideales de la lucha armada y eso que llaman movimientos sociales de base.

Aunque muchas veces me ha interesado saber que otra persona está bien o puede estar mejor, siempre que me toque escoger entre beberme media botella de vodka junto a dos chicas, o ayudar a unos damnificados que están al borde de la muerte en una ciudad vecina, me inclinaré por la primera opción, sin dudarlo. Trataré de quedarme con las dos mujeres esa misma noche y, si puedo, con otra botella más que salga de sus carteras. Es probable, incluso, que llegue a robar algo del trago de una de esas mujeres si estoy borracho cuando ambas se levanten para ir al baño, y que después haga el ridículo bailando solo en la pista. Esto es algo que jamás dirá un revolucionario serio, por ejemplo, Diosdado Cabello.

Perdón, estoy tosiendo.

Estamos de acuerdo, ser chavista no es ser revolucionario, y no todos los chavistas son como Diosdado Cabello. Si todos tuviéramos tanto dinero, ¿dónde lo pondríamos?

He leído párrafos de escritores, periodistas, historiadores y sociólogos que alaban a Chávez, creen en él y en su proyecto. Esas lecturas me han enseñado que este gobierno tiene raíces fuertes y luces que suelo obviar, y que esas luces tienen que ver con darle protagonismo, virtual, escaso o efectivo (eso no me toca a mí reconocerlo) a pobres y excluidos.

En esas mismas frases también he confirmado que en el gobierno hay funcionarios corruptos, que la burocracia es inocultable y que hay aprovechadores, matraqueros y gente fea y violenta en sus filas, que este es un gobierno clientelar, sí, y que hay muchos “revolucionarios de slogan”, pero ojo, mucho ojo camaradas, estos (perdón, ahora estoy sonriendo), precisamente estos sujetos chimbos y peligrosos, aunque usen franela roja, agiten banderines de Chávez y dejen el alma en cada grito del uh, ah, no son revolucionarios. Claro. Pero aquí viene la trampa: tampoco son chavistas verdaderos. No, señor. Le sirven al chavismo para mantenerse en el poder, pero no son chavistas. El juego de la política tiene sus trampas, mosca con una vaina.

Un chavista genuino, lo que se dice chavista puro, debe ser leal, fiel, responsable, noble, desprendido y honesto. Si roba está podrido y si está podrido es adeco. O Copeyano. Dígalo ahí, Mario Silva. Si se atreve a convertirse en un hipercrítico es de derecha, o de ultraderecha, pregúntenle al pobretón de Farruco Sesto. Si se queja por algún problema de la comunidad es que está confundido y de inmediato se le explica que no debe hacerle el juego al enemigo. Es más, si ataca a Chávez está con el verdadero poder, que es el de las corporaciones, los latifundistas (oh, adoro las contradicciones), los bancos y el Pentágono, pura mafia económica que nada tiene que ver con los gobiernos del mundo, obvio: Cuba y el Vaticano incluidos. De los petroleros, para qué seguir ¿Verdad, Izarra?

Tal como se ha planteado el debate político que nos sigue despertando de coñazo, de aquí y hasta el próximo 07 de octubre (vamos a decir que hasta el 14, no vaya a ser que se prenda un verguero en Venezuela y lo acusen a uno de escasa visión), todo lo que señale la mala gestión de los mandatarios del PSUV, un hipotético abuso de poder de sus voceros más visibles, otro improbable error asumido desde el Ejecutivo, un enfrentamiento entre grupos políticos organizados, no nacerá desde la preocupación por tener una mejor ciudad, o un mejor país, y un espacio digno para vivir (en mi caso, aquella pista de baile con la media de vodka y las dos chicas, para que no se me confundan).

El tema es que mm-mm, qué va, mami, a otro con ese beta. Eso es una campaña, una estrategia electoral, una componenda podrida de sectores desestabilizadores que orquesta la CIA. Una vaina del Comando Tricolor. Pura guarimba.

Estamos en guerra y en las guerras la primera víctima es la verdad, pero esto es solo una parte de la mentira. Aquí en Venezuela, chavistas y antichavistas estamos olvidando que vivimos en una paradoja: el poder es del pueblo verdadero, pero la única opción que tiene el pueblo se llama Chávez, que llegó a gritar frente a una multitud “viva Chávez”. Y si el hombre se muere, después del dolor, la desolación y la duda, quedará el algo parecido al vacío: vaya revolución la que reposa sobre los hombros de un único hombre. Camarada. En el poder no seguirán los revolucionarios genuinos, sino mercenarios realmente empoderados como Diosdado, Farruco y compañía, esa gentuza que, como dicen muchos chavistas confesos, engaña al presidente, porque él es más bueno que la sávila y sabe más que el pescado relleno, pero no logra descubrir a los farsantes que lo rodean. Podemos intuir que los Miquilena, Rosendo, Baduel, Bravo, Manuit, Falcón, Briceño y sus etcéteras han sido solo accidentes que sirven para decir que antes fueron santos y ahora demonios, o viceversa. Poco importan sus ideas y opiniones, los intereses se modifican al antojo de las circunstancias.

Si los chavistas escrutaran a sus voceros y mandatarios como lo hacen con los Estados Unidos, el sector privado y sus opositores, y los antichavistas criticaran con la misma fuerza los desmanes que cometen los empresarios y las bestialidades propias del capitalismo -Henrique Capriles y todo lo que se le parezca incluido- como lo hacen con el gobierno; si todos calmaran un poco sus ansias por sentirse poderosos y apadrinados, quizá podríamos comenzar a hablar de una sociedad no que ya camina, pero sí que comienza a dar su primer paso hacia una idea clara de justicia. Pero vienen las elecciones: es tiempo de mentir. Y de ganar, porque de eso se trata. Lo otro es superfluo, innecesario. Un ajuste que solo le importa a los hippies. A los ecologistas. Ya habrá tiempo para eso, para salvar al mundo. Ptuaj.

En un diálogo que leí hace años de una novela corta de Manuel Vázquez Montalán, uno de sus personajes decía que todo país de mierda necesita dos excusados, o algo así. Yo no puedo decir que me parezca que Venezuela es una cloaca, pero sí que la descomposición a la que se refieren los destructores y los aduladores de Chávez, es parte de una propaganda que no cesa y tiene un solo fin: aplastar a todo aquel que opine distinto, ajusticiarnos moralmente. A todos. Es una pelea de titanes. Y allí entran, no sin darse cuenta, los que defienden con experticia académica y callejera las aberraciones de los abusos de poder. Los que justifican la violencia criminal. Los que aseguran que hay gente mala, pero si no son del otro bando, están disfrazados.

Es obvia que la estrategia actual de la oposición pasa por apropiarse de un discurso hueco que le pertenece a Chávez y su larguísima y pésima gestión. Pero acabar con cualquier posibilidad de diálogo y construcción real, en la que siete u ocho millones de personas sienten asco por lo que opinan y defienden otros cinco o seis millones, y donde todos ellos, juntos, aseguran que el resto: abstencionistas, emos, abúlicos, evasivos, son unos perdedores que no merecen ni nombrarse porque le hacen el juego al contrario, es para bajar las cartas (o las piedras de dominó), retirarse de la mesa y olvidarse de la partida.

¿De qué coño hablamos cuando por defender nuestra justicia nos olvidamos de aplicarla sin la venda en los ojos?

A mí me gusta esta frase de Rosa Luxemburgo: “La libertad, sólo para los miembros de gobierno, sólo para los miembros del Partido, aunque muy abundante, no es libertad del todo. La libertad es siempre la libertad de los disidentes. La esencia de la libertad política depende no de los fanáticos de la justicia, sino de los efectos vigorizantes y benéficos de los disidentes. Si “libertad” se convierte en “privilegio”, la esencia de la libertad política se habrá roto”.

Yo no quiero que mis panas chavistas dejen de serlo, porque tampoco creo que a ellos les interese que yo defina una postura distinta a la que tengo, y eso lo respeto. Además, estoy seguro de que muchos de ellos, a diferencia de algunos de mis panas opositores, tienen ese germen del revolucionario que yo no tengo y jamás tendré, el mismo que olvido con gusto cada vez que salgo a tomarme catorce vodkas con dos mujeres en una pista de baile. Pero sí quiero que no se engañen y que una vez que ganen, que vuelvan a ganar, si lo hacen, no se callen por temor a perder al mejor de los aliados en el poder. Y sobre todo, que no confundan al enemigo real.