Comparaciones al vuelo

Por Leo Felipe Campos

Las comparaciones son odiosas, dicen. Claro, sobre todo cuando tienes, escoges o te toca la opción más débil, la menos atractiva; cuando te llevas la peor parte. Recorrí la autopista que comunica Porto Alegre, al sur de Brasil, con el litoral de la ciudad, más de 100 kilómetros, dos veces, y fue inevitable para mí tratar de comprender por qué no vi un solo hueco de los que se repiten de forma sistemática en las vías del oriente, el centro y el occidente de Venezuela.

Sé que puede ser de pésimo gusto salir de tu país, donde vives y quieres vivir mejor, para publicar sus deficiencias y problemas palpables, nunca se ha visto que alguien mejore la relación con su pareja hablándole mal de ella al amante. Y aclaro de antemano que no me siento como algunos antichavistas radicales que creen que por hablar mal de Venezuela lograrán reducir la popularidad del presidente, ni como aquellos seguidores de Chávez que piensan que hablar mal del comandante o su proyecto político, militar y personalista es ser, cuando menos, un apátrida. Pero las cosas como son: Venezuela no es mi mujer, es mi país. Y de paso comparto aquel viejo proverbio que estuvo tan de moda un tiempo atrás: el que tenga ojos, que vea.

Si dijera que el gobierno de mi país no ha sabido diversificar su energía y en cambio ha padecido una temible crisis eléctrica, mientras que en el sur de Brasil han logrado aprovechar las oportunidades para instalar el parque eólico más grande de América Latina, le estaría tendiendo una trampa al lector desprevenido. Osorio, a medio camino entre Porto Alegre y su litoral de aguas frías del Atlántico, al margen de esa carretera envidiable de la que hablo, posee los mejores vientos del continente, de modo que sería injusta una comparación en este caso. En esa zona de molinos blancos supieron obtener el máximo provecho de unas condiciones favorables para generar una fuente alternativa de energía limpia y renovable, clave para la economía de este siglo que corre con más preguntas que certezas, pero ese viento de Rio Grande do Sul es algo que nosotros no tenemos en Venezuela. Nosotros, en cambio, tenemos… ¿Qué tenemos? Exacto.

Nosotros, que tenemos petróleo para regalar (perdonen, a veces me pongo literal) y el lago de asfalto más extenso del mundo en el estado Sucre (uno con las peores carreteras como jamás volverán a ver estos ojitos verdes que se ha de comer la tierra), no hemos podido explotar ese recurso como es debido para bien de la población.

Nos hemos acostumbrado a los pasajes baratos del autobús, a llenar el tanque de gasolina con el vuelto del helado, y a rodar por vías que atentan contra el bienestar de los riñones. No importa quién sea el responsable, siempre habrá una excusa: las lluvias, la falta de material, la empresa privada, las gandolas. Imagino que una vez que formas partes del gobierno, nacional o regional, con los escoltas llegan los choferes, los amortiguadores, y después el desdén y el olvido. No se pueden trivializar todas las dificultades mundanas y domésticas, porque así dejaríamos sin sentido el desarrollo de una mejor vida y eso que llaman la libertad de nuestro espíritu. Pero no seamos ingenuos: ¿quién piensa, en realidad, que las vías de comunicación entre nuestros poblados, por más petróleo que tengamos, es una prioridad nacional, salvo para camioneros y habitantes de esos linderos?

Sé que hay problemas fundacionales y otros fundamentales, la mayoría de ellos estructurales y algunos mucho más graves, como la criminalidad, la impunidad (tráfico de armas incluido), la inflación y la corrupción. También sé que cada país tiene los suyos y que en otros aspectos somos dominantes y privilegiados (si creen que no, pensemos por un segundo en el queso guayanés, en las dimensiones y el precio de esa botella maravillosa que mientan “Patelefante”, en los tepuyes, el Ávila y los pepitos mixtos de pollo, carne y chuleta, por ejemplo, todos imprescindibles para el desarrollo, el orgullo y la felicidad de nuestra nación) pero en medio de una vía sin huecos y con radares para el rastreo digital de la velocidad, con un límite máximo de 120 Km/h y peajes nada solidarios, que al parecer sí funcionan, en el sur de un país como Brasil, no pude evitar volver una y otra vez a hacerme la pregunta de las diez mil lochas, haciendo otra comparación, a todas luces injusta:

Si en Venezuela logramos masificar la violencia, la superficialidad y el consumo, creando y reafirmando un concepto pasteurizado y artificial del poder, la belleza y el hedonismo, ¿cómo es que ni siquiera hablando de revolución hemos sabido aprovechar el petróleo para generar los recursos más obvios, que le sirvan a toda la población, o al menos a la gran mayoría de ella?